Como me regocijan ciertas cosas. La lucidez, la soledad voluntaria del que la busca en un mundo demasiado socializado en el que las relaciones se comen normalmente a la personalidad.
Merecemos algo la pena, me digo, cada vez que los veo solos escapándose del ruido, buscando sus 30 minutos al día para encontrarse en un cigarro o en la brisa del viento que te da de cara. En la azotea del trabajo o simplemente en cualquier parte del mundo. Con la conciencia por delante de que eres tu el que esta ahí, solo y concienciado de que estamos siempre solos.
Ojala las azoteas de este lugar cualquiera estuvieran abarrotadas de gente que huye del mundo para encontrarse entenderse y entenderlo. Eso conllevaría una necesidad de pensamiento crítico y propio incalculable y por ello sospecho que todo iría muchísimo mejor asi. Pero la triste realidad es que escribo sobre esto por lo extraordinario del asunto.
Sospecho que los parques que son los lugares a donde los hombres y mujeres escapan cada vez que lo han necesitado estan mas vacíos. Que esas pocas sombras de soledades compartidas que dan la vejez se estan agotando y que no seran sustituidos si no que los parques desapareceran, lentamente con las personas que los habitaron. Lo sospecho porque camino todos los días a través de alguno de ellos y veo cada vez a menos gente y a mas grupos. Los grupos me dan asco, por eso siempre, desde que tuve conciencia de que los grupos me dan asco, he procurado evitar el pertenecer a algún grupo mas que para alguna relación puntual con el.
A veces el sol da en el punto exacto en el que te encuentras y sonríes, alucinado pragmaticamente colocado de los sueños que nunca mas tuvimos. A veces cuando estas solo, recuerdas algo de como era ser pequeño y te dejas sorprender por esa mariposa que pasa con movimientos indescifrables, sin rumbos ni destinos. Por ese arbol que crece de forma única, a una velocidad invisible para los ojos. A veces, a veces el mundo tiene sentido, pero la mayoría del tiempo no.

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